De la pesadilla al sueño, crianças en el Lar São Jerónimo (Parte 2)

Segunda parte del reportaje sobre el Lar São Jerónimo publicado en el Diario de Moçambique y escrito por nuestro voluntario gallego Moncho Torres

O caminho do Matadouro, donde recordemos se encuentra situado el Lar São Jerónimo, es una zona muy tranquila, sin aglomeraciones, donde la gente trabaja principalmente en la machamba. Un lugar ideal para que estos jóvenes crezcan en un ambiente sano, respetuoso, alejados de la efervescencia de la ciudad de Beira. Porque, como me decía Fernando: “La calle es peligrosa, aprendes malas maneras, bandidaje”.

Los cuatro locales donde se alojan los huérfanos del Lar / Moncho Torres

El pasado de los huérfanos acogidos en el Lar São Jerónimo resulta siempre dramático: muerte de los padres, malos tratos, vida en la calle. Entrevisté a todos ellos y sus historias, criança tras criança, me fueron golpeando cada vez con más fuerza:

“Mi madre comenzó a echar espumo por la boca, luego murió”, me contaba uno de los jóvenes acogidos. Otro, me dijo: “Mi madre me maltrataba”, mientras me mostraba las marcas que tiene en la cara y los brazos. Al descubrir uno de sus tíos lo que le sucedía, éste se lo llevó a vivir con él y su esposa. Sin embargo, cuando el joven tenía 11 años, su tío falleció y la mujer de éste se fue, dejándolo solo en casa: “Durante unos meses me alimenté de los restos de comida que había por casa y los alrededores, hasta que en la escuela mi profesora se enteró y avisó a la policía”.

En una de las entrevistas, el silencio lo invadió todo. Fue el caso de Marta. Marta es tímida, callada, le gusta estar siempre en un segundo plano. Con su continuo: “No recuerdo”, la verdad no traspasó sus labios. Sin embargo, sus “no recuerdo” los pronunciaba de maneras diferentes. Mientras al preguntarle sobre la vida con su madre antes de que esta muriera afirmó, mirándome a los ojos, no recordar nada; cuando me habló del período posterior, mucho más reciente, que pasó con su hermano, el “no recuerdo” lo pronunció mirando hacia otro lado, agachando la cabeza. Insistí, diciéndole que hacía poco tiempo de aquello, que no podía haberlo olvidado. “No recuerdo”, repitió.

Caterina, cuidadora de las niñas durante el fin de semana / Moncho Torres

Aventureros

Me parece admirable el valor que muchos de estos jóvenes tuvieron, cuando apenas levantaban unos palmos del suelo, para emprender viajes largos, peligrosos, en busca de una vida mejor.

Roberto y Bras, cuando tenían 11 y 10 años respectivamente, huyeron desde Chimoio hacia Beira juntos, como amigos que eran, en busca de lo que ellos pensaban un lugar repleto de oportunidades. “En casa sufríamos mucho –comentan-. No había para comer y tampoco íbamos a la escuela”. Entonces, lo primero que hicieron fue trabajar un tiempo en Chimoio cargando todo tipo de productos. Con el dinero que consiguieron, 150 mt, compraron un billete de chapa y se fueron hasta Gondola. Desde allí, caminaron hasta Inchope, donde los encontró la policía, por lo que durmieron una noche en la comisaría. Después, desde Inchope, haciendo autostop, llegaron a Beira. En Beira comenzaron a vivir en la calle (pedían dinero para comer, dormían en los paseos con otros niños para protegerse) hasta que los encontró Acción Social y los llevó a otro centro antes de llegar al Lar São Jerónimo.

Sobre la vida en otros orfanatos, muchos de los niños recuerdan especialmente uno, al que no nombraré. Sin excepción, hablan de aquella experiencia como una pesadilla. Los motivos, varios: ‘ley de la jungla’, un sálvese quien pueda que suponía, sobre todo, el maltrato de los mayores hacia los más pequeños, además de la falta de comida, la falta de libertad al hallarse en un régimen de total reclusión, etc. Los árboles del centro, repletos de fruta, mitigaban un poco el hambre. Muchos de los niños escapaban del centro para conseguir comida en el exterior. Cuando eran descubiertos, los responsables del centro optaban por el castigo severo o expulsarlos. Debido a las pésimas condiciones que reunía, el centro fue cerrado en diciembre de 2009.

Cuando hablan sobre el Lar São Jerónimo, sin embargo, todo cambia. De la apatía y la tristeza pasan al entusiasmo, a la sonrisa, a un estado de total optimismo. “Aquí son muy buenas personas, puedo estudiar, y los Padres tienen muy buen corazón”, dice uno. “La comida, lo que más me gusta es la comida”, afirma otro relamiéndose. “La brincadeira”, grita un pequeño. “Estos Padres nos ayudan a tener una oportunidad en la vida”, sentencia uno de los mayores.

Artur, educador de las niñas / Moncho Torres

Como resulta más complicado que los pequeños  narren su pasado, les mandé hacer un dibujo sobre cómo recordaban su vida antes de su llegada al Lar y otro en la actualidad. Teresa, una de las niñas, en el dibujo anterior a su llegada dibujó a una mujer, como si ésta estuviera escribiendo, y una casa. Nada más. Preguntada sobre quién era es mujer, me dijo que su madre. En el dibujo tras su llegada dibujó a ella y varios niños del orfanato, sonrientes, cogidos de la mano, con una de las casas del Lar al fondo. Otro niño se dibujó a él mismo, una mujer y una casa. Al preguntarle quién era esa mujer, con un hilo de voz, me dijo: “Mamá”. Hice el mismo pedido a otros pequeños del Lar. Al terminar todos me dieron los dibujos, orgullosos. Teresa me entregó el dibujo que representaba al Lar, con sus amigos, pero me pidió si podía llevarse el otro, el de su madre, con ella.

Alberto, uno de los jóvenes del Lar, quedó muy impresionado, y lo repite con frecuencia, con una metáfora que pronunció el director del centro una noche en el comedor, tras terminar de cenar. Decía algo así como que cada uno de ellos deberían estar atentos y no dejar pasar el tren de la vida. Debían cogerlo en el momento preciso y no bajar de él hasta el final de los días (sobre el fin de los días unos dijeron que era la muerte, el Padre concretó que la vida eterna). Alberto se obsesionó durante unos días con el tren, diciendo una y otra vez: “Los trenes pasan, pero para mí nunca se detienen. Vemos pasar uno tras otro, pero nada”. La vía férrea se halla muy cerca del Lar, con lo que la metáfora se acentuaba cada vez que por ella circulaba el tren, poderoso, con su tra-ca-tra constante. “Míralo, aunque pita nunca se detiene”, sentenciaba indignado.

El Lar São Jerónimo, sin embargo, no se resigna, haciendo todo lo posible para que ese tren se detenga.

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