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P. Joaquín: Un día en el Lar São Jerónimo

A las seis en punto, si el canto de los gallos o el pitido del tren no me han despertado ya, lo hace José, cuidador de los pequeños durante la noche, que llama a los niños que duermen en la casa donde estoy alojado. Es hora de levantarme.

Me lavo y al salir de la casa, el sol, que se asoma ya al final de la laguna, y los seis perros guardianes, me saludan y me animan a comenzar un nuevo día. A desayunar (matabicho), nos juntamos los cuatro: P. Carlos, P. Pedro, Moncho (un voluntario periodista, exalumno de Caldas de Reis) y yo. Tomamos un café y nos ponemos en marcha… A esa misma hora salen, en un minibús contratado por nosotros, el turno de  los mayores del centro hacia la escuela Juan XXIII de los Hermanos de La Salle. Mientras, los demás arreglan las habitaciones, juegan a las canicas y, más tarde, asisten a las clases de refuerzo escolar, con la presencia de sus respectivos educadores.

Al cole en el mini-bus contratado por el Lar / Moncho Torres

A mí me toca ir con el P. Pedro a la ciudad para hacer las compras, solucionar alguna gestión y hablar con Acción social, en particular para tratar aquellos casos de niños que están recuperando el contacto con alguno de sus familiares. Hoy nos acompaña, muy contento, un joven educador, Manuel, que ha recibido una buenísima noticia: acaba de ser padre.

En la parte de atrás de nuestro coche con María, de camino a hablar con asuntos sociales / Moncho Torres

Nuestro conductor, el Sr. Chivante, además de ser un excelente profesional, es un hombre de confianza y un buen colaborador que ha acogido en su numerosa familia una niña del Hogar. En las paradas que realizamos, próximas a las tiendas o al mercado, se nos acercan los “niños de la calle” que ya conocen al P. Pedro para contarle alguna novedad, ayudar en el acarreo de las compras y tratar de sacarle alguna propineja que siempre consiguen. Al mismo tiempo, él les pregunta sobre su situación y les ofrece, a quien ve dispuesto o a quien se lo pide, su posible incorporación al hogar. También pasamos por Caritas Esmabama donde nos espera una señora italiana, Annalisa, que está interesada en nuestra colaboración para un proyecto de familias de acogida. Nuestra sorpresa y la suya es saber que proviene de Treviso (donde hay una importante comunidad Somasca) y que nosotros formamos parte de ellos.

Acompaño al P. Pedro en el mercado de Beira, donde habla con niños de la calle / Moncho Torres

Regresamos al Lar. A nuestra llegada, corren a nuestro encuentro los niños para curiosear entre las compras y ayudar a descargar. Siempre hay alguno que después del abrazo ‘estilo aeropuerto’ (sólo allí los he visto tan efusivos), te pide, al oído, si le has traído algún juguete (un brinquedo). Menos mal que siempre llevo alguna sorpresa en el bolsillo. Además de los globos y los caramelos, este año han sido muy socorridos las pelotas de tenis y los anzuelos… No es fácil negarse a su dulzura e insistencia.

Jugando a las canicas / Moncho Torres

Al mediodía nos dirigimos al comedor a almorzar. Sentados en mesas de cuatro, se ordenan con tranquilidad y esperan el reparto que el cocinero Paulino, ayudado por algunos de los educadores, va haciendo. Disfrutan con la comida y los más golosos miran nuestra mesa, en donde estamos P. Carlos, P. Pedro, Moncho y yo para, al acabar,  si queda algo de pan o de fruta, acercarse, muy respetuosos, para pedirlo. Nosotros conversamos y Moncho pregunta como buen periodista. Mientras tanto, llega el minibús para dejar a los mayores y recoger a todos los demás, que se van a la escuela directamente desde el comedor.

La tarde queda más tranquila y yo  aprovecho para dar una cabezada. Cuando salgo veo entrar a los alumnos, en uniforme, de la escuela de alfabetización (algunos de ellos superan los cincuenta) y a Moncho carretando tierra para nivelar la huerta en compañía de los demás trabajadores… Se le nota tanta buena voluntad como falta de práctica. Así va intercalando los trabajos de Internet cuando éste funciona (ahora está con la página web del hogar), con la vida compartida con los de aquí. Los mayores organizan algún partido de futbol,  van a pescar en la laguna o colaboran en algún trabajito de la casa,  en la panadería,  la cocina,  la sastrería o en la huerta, donde siempre hay labores por hacer al mando de un joven del barrio, el Sr. Fernando, que hoy están plantando arbolitos y haciendo bloques de cemento para la construcción del gallinero.

El almuerzo, a las 12. / Moncho Torres

Los Padres aprovechamos también para reunirnos y estudiar la posibilidad de iniciar varios proyectos, además de comentar la marcha de la obra: este año urge, en especial, organizar el funcionamiento de los talleres. Parece que nos decantado por unos cursos de formación profesional, reconocidos por el Ministerio de Trabajo, e impartidos gratuitamente a los huérfanos acogidos en el Lar y aquellos jóvenes que, de acuerdo con Acción Social, estén en situación de desamparo.

Después, cuando ya está cayendo la tarde, salgo del hogar a pasear por el “caminho do matadoiro” con alguno de los mayores a los que gusta  conversar. Me preguntan por los Padres y los voluntarios y voluntarias que conocieron y recuerdan con mucho cariño, me confían las penosas situaciones por las que han pasado y sus preocupaciones para el futuro… Toda su confianza está puesta en nosotros. Por el camino nos encontramos con muchos otros niños que juegan por la calle; ya no les resulto extraño y me saludan con simpatía y su “tatá, tatá” (adiós).

A eso de las 17,30 regresan los pequeños de la escuela y el Hogar se vuelve bullicioso. Aún les queda tiempo para merendar, hacer los TPC (trabajos para casa) y, cómo no, para seguir jugando.

Siempre jugando... / Moncho Torres

A las 18,30 voy a celebrar la Eucaristía con los Padres y los seminaristas. Somos sólo nueve en una pequeña capilla donde se agradece y se alimenta la llamada a ser, como San Jerónimo, Padres de los huérfanos. El P. Carlos tiene encomendada la delicada tarea de acompañar a estos primeros aspirantes y lo hace con plena dedicación y entusiasmo. Los momentos de oración compartida, vividos con devoción, reaniman la esperanza en la vocación de estos jóvenes mozambiqueños.

Cenamos a las 19,00 h. Antes, nos juntamos en la puerta del comedor en un momento de alegría y bromas… Ya es de noche. Al salir, los pequeños se te arremolinan reclamando tu atención, buscando una caricia, y cada casa va recogiendo a sus niños. Aún tienen ganas de jugar y todo les divierte: el juego de la oca, los globos, una vuelta en bici… Además de un poco de  fingida rivalidad entre niños y niñas.

A las 21,00 h. van al dormitorio. Hay que poner un poco de cara seria con  los más traviesos, pero enseguida el silencio se apodera de la sala… Mucho más si para lograrlo con los pequeños les lees un cuento. Algunos a los dos minutos ya están roque. Cuando duermen, aviso al ratoncito Pérez para que haga su trabajo con alguno de los niños. Aún nos queda tiempo para dar cuatro pasos  a la luz de la luna, comentar cómo ha ido el día, gustar de la noche estrellada y del concierto de grillos, ranas y sapos, y dar gracias y pedir a Dios por cada uno de estos hijos suyos que nos ha confiado.

Despedida. Mi regreso a España, el 30 de agosto, tras un mes en el Lar / Moncho Torres