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ENTREVISTA A PADRE PEDRO (por Moncho Torres)

Padre Pedro, director del Lar São Jerónimo / Moncho Torres

El Padre Pedro López (Aranjuez, 1965) llegó a Mozambique en agosto de 2005. Siempre en compañía de otros Padres somascos (desde 2009 se encuentra a su lado el Padre Carlos, también madrileño), el Padre Pedro es el director del Lar São Jerónimo: ese todo a las afueras de la ciudad de Beira (provincia de Sofala) que abarca un orfanato, escuela de alfabetización, agropecuaria y centro de formación profesional. Padre Pedro,  un estratega que, con estilo napoleónico, logra sacar adelante una obra que a otros muchos superaría. Cuando se le conoce, parece hallarse siempre cavilando acerca del mejor modo de hacer frente a los continuos obstáculos diarios que se le plantean: haciendo malabarismos con las cuentas para llegar a fin de mes, el intento por mejorar la situación de los huérfanos y huérfanas a los que tutela (cuyo cariño mutuo es total) o sobre cómo ayudar a los otros jóvenes que todavía continúan en la calle: solos, hambrientos, desamparados.

Entrevistamos a P. Pedro en el Lar São Jerónimo, antes de la cena, en uno de los pocos momentos  tranquilos que tiene al día:


 

– Antes de nada me gustaría conocer cómo comenzó todo, cómo se creó el Lar São Jerónimo, incluso un poco antes, en Barada (el primer destino en Mozambique, un lugar apartado de la civilización, en medio de un gran palmeral, en la misma provincia de Sofala, donde había un internado y escuela de dimensiones mayúsculas, con 1.500 alumnos y más de 700 internos), As Palmeiras (en el centro de la ciudad de Beira), e incluso un poco antes, en España, ¿por qué se decidió venir hasta aquí?

En un principio no se pensaba en un centro como el que ahora tenemos, ni se pensaba tampoco en una obra directa de la congregación. Se pensaba más bien en coger algún tipo de obra vinculada al sistema educativo, donde pudiera desarrollarse la congregación, presentar su carisma y trabajar en el mundo vocacional. Y es así, con estas ideas, que se llega a Barada. Barada, una misión de la Diócesis de Beira gestionada por un comboniano, el Padre Otorino, que a su vez se halla dentro de la Asociación Esmabama. La permanencia en Barada no llegó a 3 años, debido a que en cierto momento los Padres que nos hallábamos allí nos dimos cuenta que nuestra situación y manera de estar dentro de Esmabama era bastante complicada, además de ser una misión que ya funcionaba bien, mientras veíamos a su vez las necesidades que había en Beira, con los niños y niñas de la calle.

Y es así que decidimos pensar en algo nuestro, de la congregación, algo del mundo de los huérfanos y de los chicos de la calle, de la juventud abandonada, en definitiva. Entonces el planteamiento era: nos quedamos aquí, en la diócesis de Beira, o nos vamos a Maputo. Pero al ver la buena acogida por parte del obispo de Beira de nuestra propuesta, decidimos quedarnos.

En un primer momento tratamos de ayudar a los niños que veíamos en la calle, dándoles algo de comida y pasando algún tiempo con ellos; pero había muchos que estaban enfermos y dormían a la intemperie, por lo que decidimos hacer más. Y es así que alquilamos una casa con capacidad para 10 críos, los tuvimos, y al mismo tiempo tramitábamos con el Ayuntamiento la obtención de este terreno. Al obtenerlo, presentamos proyectos a instituciones europeas, en lo que ayudó muchísimo la oficina de misiones de nuestra congregación dirigida por el Hermano Gali y después también con los fondos que comenzaron a llegar de la Provincia de España y, especialmente, de la ONGD Fundación Emiliani.

El proyecto inicial eran casas de acogida, un centro de formación profesional y un centro diurno. Todas estas perspectivas se están cumpliendo: la acogida de menores ya funciona con la zona residencial, el centro de formación profesional comenzará a funcionar en enero – febrero de 2011, y nos queda pendiente un poco el asunto del centro diurno. Resulta preciso señalar que cuando el proyecto se inscribe nos encontrábamos en la ciudad, donde un centro diurno hubiera tenido otra utilidad. Aquí en la zona donde nos encontramos (a 20 km de Beira), el centro de día resulta un poco más complicado.

Mi intención en la actualidad es encontrar una alternativa a este centro diurno a través de los cursos de formación profesional. Me explico, casos de chavales que puedan venir a estudiar, que pasen parte del día aquí mientras aprenden un oficio y que a lo mejor, con el tiempo, si las condiciones generales lo permiten, exista la posibilidad de integrarlos en la residencia. Y para aquellos que tienen la posibilidad de regresar con sus familias, pueden pasar aquí parte del día, donde adquirirán una formación profesional, además de proporcionarles comida, participar de otras actividades y, por la noche, pernoctar con algún familiar.

Además, se podrá dar el caso de otros niños o jóvenes que se encuentren en una situación de pobreza absoluta aquí en la zona, por lo que el centro de día podría encontrar aquí su sentido. Aunque esto se hará, como hemos hecho hasta ahora, poco a poco, en el caminar, antes deberé resolver algunas incógnitas.

Los niños de la ciudad vendrían hasta aquí en transporte público. Otra idea es alquilar algunas casas cerca de este centro, no digo en la zona del Lar São Jerónimo pero sí en un lugar aproximado, puede ser un barrio cercano, donde podemos tener grupos de 3 o 4 chavales, de 16 – 17 años. Son chavales que ya tienen una cierta autonomía allá afuera. Si antes la idea era traerlos aquí, tal vez lo mejor es mantener esa autonomía, donde ellos van a tener su casa y prepararse la cena, pero después podrán optar por una formación profesional aquí dentro e incluso podremos ofrecerles la comida. Con ello nos encontraríamos con un tipo de centro de día, una situación intermedia, que puede ser bastante beneficiosa para ellos.

– ¿Y estas casas contarían con cuidadores?

– No, las casas se las tendrían que gestionar ellos, sin cuidadores. Después, también está el problema de la acogida de niños menores de 10 años, incluso de 10 y de 11. Reservar más los espacios del centro para esas edades. La construcción de la quinta casa, que ya se ha comenzado dentro del recinto del Lar São Jerónimo, estaría destinada  a estos chavales mayores, cuya independencia se halla próxima. Y en esta dirección podrían funcionar también esas casas de las que hablaba, no solamente en la ciudad de Beira, sino también fuera. Puede ser una idea que podemos transportar a ciudades como Chimio (provincia de Manica).

Aquí tuvimos la visita de la directora general de Acción Social de Chimoio, la cual al ver esto se quedó muy sorprendida y nos invitó a ir allá. No digo que debamos ir y hacer lo mismo que estamos haciendo aquí, pero que sí podemos ir y empezar como lo hicimos aquí: una casa alquilada, un grupo de chavales, después viene conseguir un terreno, la construcción de una casa y finalmente Dios dirá. Creo que contamos con laicos que nos pueden ayudar en esto, y que podrían ser personas vinculadas al Movimiento de los Laicos Somascos. Estos centros dependerían de éste y, en un principio, serían de pequeñas dimensiones: se trataría de familias de acogida como apéndice de este centro, llevada por educadores y vinculados al Lar São Jerónimo. Además existe la posibilidad de que el día de mañana pueda haber más Padres que vengan a Mozambique, nativos o no, por lo que no sería necesario concentrar todas las fuerzas aquí. Se podría pensar por ejemplo también en Maputo, como el fin de estar más cerca de las instituciones centrales. Esto es un poco el pasado, presente y futuro, lo que puede llegar a ser.

P. Pedro sirviendo Maheu, bebida tradicional, en una de las festividades del Lar / Moncho Torres

– ¿Me podrías hablar un poco de tu experiencia profesional en el pasado?

– Mi experiencia proviene de un centro tutelado de menores en Teià (Barcelona). 21 menores repartidos en pisos y por edades, en una gran masía. Allí trabajé 9 años.

– ¿En qué se diferencian esos niños de éstos?

–  En la cultura, básicamente. La carencia de afectividad está presente en todos ellos. Aunque, actualmente, en Europa son bastante más agresivos. Los de aquí son muy tranquilos.

– ¿Qué fue lo más difícil al llegar aquí? Idioma, la cultura, encontrar el lugar donde comenzar…

– La verdad es que no encontré muchas dificultades. Suelo ser un tipo que me adapto bien a las situaciones. Y tal vez lo más difícil fue el esfuerzo de, a través del portugués, lograr entenderme con los demás. Tardé unos 3 meses en hablarlo y defenderme bien. Iba haciendo mis pinitos: escribía la homilía en castellano y luego la traducía al portugués para leerla en misa,  traducir todo lo que se me ponía delante, hablaba mucho con la gente y pedía que me corrigiesen…

– ¿El primer contacto con los niños de la calle cómo fue?

– El primer contacto fue fácil, pues basta salir a la calle para encontrártelos. Entonces te acercas a ellos y sabes que lo primero que van a hacer es pedirte algo, para luego narrarte sus historias. Historias que generalmente las primeras suelen… no ser verdad, fantásticas, imaginarias, por no decir mentira. Y cuando te vas ganando su confianza, poco a poco, vas descubriendo la verdad de la persona, y la verdad de la situación que vive (les llevábamos medicamentos, comida, veíamos dónde dormían). Ese primer contacto lo realizamos juntos el Padre Bruno y yo a base de patearnos la calle. Teníamos los mismos pensamientos, la misma manera de actuar. Esto nos hizo madurar mucho y acelerar todo lo que estamos viviendo ahora.

– ¿Cómo trabajáis con los servicios sociales?

– Cuando tenemos a alguien para traer al centro, algún chaval o alguna chica, se presenta a Acción Social (nombre que reciben aquí los servicios sociales) y ellos dan el reconocimiento. Y, por otro lado,  cuando ellos nos necesitan, nos proponen candidatos para entrar aquí. Trabajamos de un modo similar al que se trabaja en España. Intentamos contactar con ellos siempre y estar en comunicación en lo referente a los niños.

– Me imagino que cuando llega un nuevo niño resulta necesario realizar cierta labor psicológica con él, ¿cuál es el proceso?

– Generalmente se integran bastante bien y son muy bien acogidos por el resto de compañeros. Lo primero es enseñarles las instalaciones, donde se van a ubicar. Después presentarles al personal y compañeros, muchas veces son los mismos compañeros los que se encargan de mostrarles todo, incluso las cosas a las que a lo mejor nosotros no les damos importancia y ellos sí. El siguiente paso es abastecer de ropas, de utensilios de aseo y lo siguiente ya es todo el protocolo médico y escolar. La búsqueda de la familia se va haciendo con el tiempo, pues al principio no suelen hablar de ello. Se va descubriendo poco a poco, algunos antes que otros.

P. Pedro con Rachide, uno de los jóvenes acogidos / Moncho Torres

– Por mi día a día aquí puedo ver que a muchos de los niños les has cogido cariño. Pero claro, este es un centro de entrada y de salida. ¿Cómo llevas la marcha de esos críos con los que has convivido durante tanto tiempo?

– Yo sé que se tienen que ir. Las salidas forman parte del ciclo y nosotros estamos aquí para eso. La intención es que, cuando alguien sale, sepan que esto es como su casa y que aquí tienen, como mínimo, amigos. Aparte de que no terminan por desvincularse, siempre existe un relación familiar: vienen, nos visitan, están con los amigos, piden alguna cosa… Es como el hijo que se marcha de casa, que llega a ver a los padres y… (Risas).

– ¿Han sido muchos los niños que se han marchado?

– No, de momento han sido unos 6, más o menos.

– Creo que en eso se puede apreciar un problema, en el sentido de que no se cumple uno de los principales cometidos del centro, que es la reinserción familiar y que así puedan entrar otros.

– Bueno, la salida de estos 6 ha sido por motivos familiares, porque se ha encontrado a alguien de la familia y se ha producido la reinserción familiar, incluso había algunos que la familia pensaba que habían muerto. No se han producido por llegar a la edad de emancipación. El proceso acabado, que lleguen a una edad y se independicen, eso todavía está por verse.

– La clave sería esa quinta casa y el centro de formación profesional.

– Sí, porque también hay que decir que la salida de aquí no resulta fácil. No siempre las familias los quieren llevar, incluso se hartan de tenerlos. El concepto que tienen ellos de sobrino y de tío no es el mismo que nosotros. Se suele decir que el concepto de familia aquí es muy fuerte, pero eso es sólo para unas cosas, para otras no. Ellos dirán: “Estos son mis hijos, tú no”. Incluso el modo en que viven ellos el sentido de la orfandad es muy diferente. Cogen al huérfano y éste se convierte en el criado de todo la familia. “Porque estos son mis hijos y me tienen a mí que soy su padre. Tú no tienes, es una desgracia”. Entonces ese concepto de que la familia unida jamás será vencida, aquí es muy relativo. El sobrino es sobrino y, como es sobrino, tiene también que buscarse la vida. Ahora, de ahí a que se lleven bien, es otra historia.

– Ahora estamos en sus vacaciones de verano (noviembre, diciembre y enero). Muchos niños se han ido a casa de sus familiares… ¿Es esto un modo también de ver si existe la posibilidad de la reinserción?

– Es un modo, efectivamente. Es una manera de medir las fuerzas de ambas partes, del chaval y de la familia, ver cómo están, cuál es la situación: primero afectiva y después la de mantenimiento. La primera es la más importante, porque la segunda siempre se puede intentar hacer algo.

– ¿Resulta complicado dirigir un centro tan grande, con tantos trabajadores, con la única ayuda del Padre Carlos?

– No, no me resulta complicado. No me resulta complicado porque también voy delegando en la gente muchas responsabilidades, sobre todo las relacionadas con su cultura. Tengo quienes me ayudan con eso y entonces la dirección del centro se hace mucho más llevadera.

– ¿Por qué los temas culturales son los más difíciles?

– Son los más difíciles porque existen siempre muchos matices, incluso palabras o la misma forma de expresarse que requieren un vocabulario muy particular, que muchas veces desconozco.

– En mi opinión,  la dependencia hacia ti es total, lo que provoca que la situación sea muy frágil. ¿Se puede ir esto al garete si tú te vas?

– No, esto no se va al garete porque yo me vaya, porque esto está apoyado por una congregación. Si yo me fuera vendría otro, y además aquí ya hay gente que trabaja muy bien. Y una manera de mostrar que yo confío en ellos, y de que pueden trabajar sin mí es, volviendo a la primera pregunta, arriesgar incluso en abrir locales que van a estar prácticamente gestionados por ellos. Yo ya he pensado en gente, y gente que me ha demostrado que pueden trabajar sin mí. Y ejemplos tenemos, Charenga podría ser uno. Es decir, que en ese sentido, “irse todo al garete”, yo creo que no.

– Hablando de todos esos trabajadores que tienes aquí: ¿cómo los seleccionaste? ¿Cuál es su función?

– Este personal que tenemos lleva con nosotros casi desde el principio. Es un personal con el que hablo mucho, con el que he tenido numerosas reuniones, sobre todo el año pasado, de formación, de lo que es ser educador… Porque la manera de ser educador aquí tampoco es como nosotros la entendemos. Para ellos ser educador es lo equivalente a ser maestro, profesor. Fue difícil hacerles ver que no era así, que su trabajo consiste en recoger toda la vida del niño. No los momentos sueltos del estudio, sino todo: desde la alimentación, pasando por la salud, por la limpieza, al apoyo escolar y el estudio. Y, poco a poco, lo han ido aprendiendo. Tengo por ejemplo un encargado de las escuelas, que lleva todo lo relacionado con la educación, que es Juta. Y las relaciones con el barrio pasan por Daniel, se traten éstas de cosas buenas como de algún pequeño conflicto.

LES DESEAMOS UN FELIZ AÑO 2011 Y LES AGRADECEMOS TODO EL RESPALDO QUE NOS HAN PROPORCIONADO HASTA AHORA (PADRES SOMASCOS – MOZAMBIQUE)

 


Cabeça do velho, Chimoio (4 de noviembre) – Moncho Torres

Proseguimos en nuestro afán de mostrarles una parte de este sorprendente país que es Mozambique:

En África la veneración a los antepasados, la magia y la espiritualidad lo envuelve todo. Cuando llegué a Mozambique, en Maputo, me sorprendió encontrar en la prensa numerosas noticias que hacían relación a ritos de magia negra, como los robos en cementerios de cráneos o el asesinato de albinos y vírgenes para cortarles sus miembros y  conjurar así a los espíritus en favor de una persona. Después, cuando ya me encontraba en Beira, estas noticias siguieron siendo igual de frecuentes. Recuerdo, por ejemplo, una que hablaba de un problema sucedido con un hipopótamo, al ser atropellado éste por un tren en una provincia de interior, creo que Tete. Los lugareños, cuando se enteraron de lo sucedido, impidieron que el hipopótamo fuera retirado de la vía, pues se trataba de un hecho extraordinario, poco frecuente, lo que podía estar relacionado con la muerte hacía poco de un cazador de hipopótamos. Afirmaban que el espíritu del cazador se hallaba en  el hipopótamo, que trataría de manifestar así su disgusto, según decía la gente del lugar, ante el modo incorrecto en que esa línea de ferrocarril había sido inaugurada, debiendo los ritos religiosos pertinentes ser repetidos. Creo que al final consiguieron convencer a aquella gente para que el tren pudiera proseguir su camino. Otra noticia hablaba de la Cabeça do Velho…

Cabeça do Velho (la cabeza del viejo, en castellano) es una formación rocosa situada en Chimoio, ciudad más importante de la provincia de Manica, con una forma que realmente recuerda a la cabeza de un anciano. La noticia narraba el problema que se había generado entre los que veneraban aquel lugar (morada de espíritus hasta que la gente comenzó a poblar la zona) y los que arrancaban la piedra de sus entrañas, para luego venderla, deformando su particular estructura. Tradición vs necesidad económica.

Mi caravana en el Pink Papaya / Moncho Torres

Al encontrarme en Chimoio, decidí visitarla. Instalado en el Pink Papaya (“Establecimiento ideal para los viajeros independientes”, según mi guía de viajes, completamente recomendable, que con anterioridad había olvidado nombrar: Mozambique, José Luis Aznar Fernández. Edit. Laertes. 2008), un hostal con toques hippiescas regido por una pareja de alemanes entrados en los 60. El lugar resulta agradable, limpio, con un ambiente romántico, moderno, con un color rosa que, aun invadiéndolo todo, no resulta cansino u hortera, sino de lo más original. Tan original que me alojaron en una caravana instalada en el jardín, con todo tipo de comodidades en su interior, por 700 meticales, unos 15 euros.

Una de las empleadas mozambiqueñas del Pink Papaya, que se comunicaba con sus jefes en alemán al haber estudiado hacía 10 años en el país germano, me recomendó que si deseaba visitar la Cabeça do Velho fuese con unos de los empleados del hostal, Eusebio (como mi abuelo y mi hermano), pues sería más seguro, al conocerse muchos casos de atracos a extranjeros en las inmediaciones del lugar. Acepté, por la seguridad, y porque cuando visitas un lugar con un lugareño, la realidad se ve de otra manera, explicándote éste cosas que a lo mejor de otra modo habrían pasado desapercibidas o las habrías interpretado de una manera errónea. Sin embargo, la empleada me pidió que no dijera nada a la “patrona”, pues no le gustaba que tomase esas iniciativas por su cuenta. Le dije que no se preocupase y, a la mañana siguiente, quedé con Eusebio a las 7 de la mañana. La señora me avisaría cuando llegara y éste esperaría fuera.

Al día siguiente, la dueña alemana (muy simpática, con un tatuaje ilegible en su brazo derecho) me comentó que le habían dicho que me dirigía a la Cabeça do Velho, por lo que debía tener mucho cuidado, que no llevara conmigo cosas de valor, como tarjetas de crédito, dinero, ni tampoco cámara fotográfica, pues ya habían robado a otros extranjeros alojados en el Pink Papaya. Le dije que no llevaba nada de importancia, excepto la cámara, pero que no se preocupase, que tendría cuidado. Eusebio, para mi sorpresa, se encontraba allí con nosotros, pero la empleada me dijo que saliera, que no me preocupara por él, y que lo esperara al superar la primera curva a la derecha.

Hice lo que me dijo y, tras superar la curva, Eusebio ya me había alcanzado. Eusebio, con su gorra y su camiseta del Oporto (el equipo de su corazón y que yo había confundido con la vestimenta de la selección argentina, por sus franjas azules), comenzó enseguida a preguntarme emocionado si había visto el día anterior el partido entre el Real Madrid y el Milan. Lo sabía todo.

Chimoio / Moncho Torres

Nos dirigimos a la Cabeça do Velho caminando, pues se halla a pocos kilómetro de Chimoio. Atravesamos primero la ciudad, algo rápido, por sus pequeñas dimensiones, cuadriculada, con tres grandes avenidas, las cuales son atravesadas por una decena de calles, sin ningún atractivo arquitectónico, aunque tranquila. Después nos adentramos en un camino de arena rojiza, donde las grandes edificaciones dieron lugar a humildes construcciones de barro y cemento. Pronto, desde la lejanía, se descubrió ese característico perfil de la Cabeça do Velho, que ya había visto en fotos. Recuerda realmente a una cabeza de anciano, con su mentón pronunciado, sus  mejillas hundidas y sus ojos ahuecados.

abeça do velho, en la distancia / Moncho Torres

A medida que nos íbamos acercando, los niños se aproximaban a nosotros solicitando que les sacase una foto. Luego me daban las gracias, educadamente, por haber tenido el detalle de haberlos inmortalizado con mi cámara.

Típica postura de los niños mozambiqueños ante una cámara / Moncho Torres

Se veían a lo lejos varias personas, algunas ascendiendo y otras en sentido contrario. Las que descendían, pronto nos las encontramos: dos mujeres que llevaban sobre su cabeza grandes pedazos de roca. En la ladera, una mujer cantaba, con los brazos al alto, en una lengua local que no entendía. Comenzamos la ascensión. Una escalada rápida y sencilla por una rugosa pared de piedra. Sin embargo, esa facilidad se habría convertido en un acto mucho más peligroso si comenzara a llover. Esa noche había llovido, y con el cielo cubierto de nubes, éste podría comenzar a escupir agua en cualquier momento.

Rezos en la ladera / Moncho Torres

Nos aproximamos a la cumbre, desde donde la vista era sobrecogedora: con el hermoso contraste de la llanura de Chimoio por un lado, y las montañas rodeándola de manera escalonada,  por el otro, majestuosas, imponentes, envueltas por anillos de niebla. Y tras unos pasos más, alcanzamos la cima. Allí, sentado, un joven leía un libro, creo que la Biblia. A unos metros de distancia, otros dos, unidos de la mano, con los ojos cerrados, mirando al cielo, gritaban a Dios, solicitando ayuda. “Oh, Dios Todopoderoso, ayuda a nuestros jóvenes, sí Señor Todopoderoso, ayuda a que el dinero venga a nosotros; la salud te pedimos, oh Señor”, rezos repetidos, en ocasiones convulsionando, de pie, arrodillados, con su rostro pegado al suelo, entre lágrimas. Le pregunté a Eusebio si uno de ellos era el sacerdote y otro  uno de los miembros de su iglesia (Evangelistas), pero me dijo que no, que los dos eran simples creyentes.

Buscando ayuda en Dios / Moncho Torres

Nos ocultamos tras un lado de la roca, creo que la nariz del viejo, sentándonos para descansar y beber un poco de agua. Muy cerca, aparecieron un grupo de cabras montesas, negras, peludas, una de ellas, una cría, con un lazo rojo al cuello. Había leído que esas cabras eran sagradas, que nadie las podía tocar. Mi acompañante me lo confirmó, aunque me dijo que pensaba que únicamente era la que llevaba el lazo. Desde allí se veía también, en el lado opuesto al lugar por el que habíamos ascendido, una cantera. Le dije a mi guía si podríamos acercarnos, para sacar fotos: “No, creo que es mejor que no vayamos, porque ellos saben que están haciendo mal y pensarán que les espiamos. Podríamos tener algún problema”, concluyó.

Cabras sagradas / Moncho Torres

Decidimos descender. Al regresar a donde se encontraban los dos chicos rezando, vimos que el que antes leía se había unido a ellos, de rodillas, rezando por su cuenta. Eusebio me comentó que los fin de semana ese lugar se llenaba de gente que pasaba allí la noche lanzando plegarias al cielo. El descenso fue rápido, aunque esta vez bajamos por la frente, en vez del camino por las cavidades de los ojos que habíamos elegido antes. Al llegar abajo pude ver cómo la coronilla del viejo había sido pelada, pulida, por la gente que buscaba su piedra, como si de indios corta cabelleras se trataran.

Nos alejamos. Se distinguían, ahora, dos mujeres vestidas de blanco, que habían comenzado sus rezos en la ladera, en la mejilla del viejo.

P.D.: Justo en el momento de entrar en mi caravana, como si el viejo hubiera estado esperando a que me encontrara resguardado, el gran diluvio cayó, batiendo con fuerza el techo de mi casilla rodante, hace tiempo parada. A lo mejor lo hizo porque, si se conoce su historia, aquello termine siendo zona protegida y prohiban a los picapedrereos deformar su rostro, quitarle lo poco que le queda de vida, destruirlo…

Cabeça do Velho, por que perdure / Moncho Torres

Las sorpresas de Manica (1 de noviembre) – Moncho Torres

El 1 de noviembre comencé un breve viaje por el centro y norte de Mozambique, después de 3 meses instalado en Beira. Este viaje nació de una necesidad: renovar mi visado, pues los 3 meses de validez me caducaban a los dos días. El proceso de renovación se suponía de lo más sencillo: llegar a la frontera con Zimbabue, cruzarla y volver a entrar. Iluso de mí, debía haber tenido en cuenta que las fronteras africanas nunca son sencillas, pero bueno, eso es otra historia. Y eso fue lo que me llevó a Manica, la ciudad más próxima a la frontera. Al día siguiente, temprano, me dirigiría a Machipanda, el pueblo fronterizo, y entraría en el enigmático, dicen, Zimbabue.

 

Llegada a Manica / Moncho Torres

A Manica llegué sobre las 11 de la mañana, tras haber salido de Beira, en autobús, a las 7. El autobús, que recorre el conocido ‘corredor de Beira’ (la vía comercial más importante entre Zimbabue, país sin acceso al mar, y Beira, uno de los puertos más importantes), me dejó en Chimoio tras tres insufribles horas, sobre todo para mis piernas, por haber tenido la mala suerte de llegar el último, justo el último, al autobús.

Por estos lares el autobús no sale hasta que se llena, da igual el tiempo que tarde. Pues imagínense cómo debería ser el último lugar libre, en un transporte, el africano, en el que la principal prioridad del dueño del vehículo nunca será la comodidad del cliente, hacerle un viaje agradable, buscar la calidad y no la cantidad; sino eso, tratar de introducir el mayor número posible de personas, aprovechar al máximo el espacio: reestructurando las hileras de asientos para que puedan añadirse dos, tres, cinco filas, con sus consecuentes nuevos pasajeros, sin importar que las rodillas de éstos lo padezcan durante todo el trayecto, y esto sin contar los asientos plegables que se añaden al imperdonable espacio libre y desaprovechado que hay en el pasillo…

Pues en esa jungla autobusera, con sacos, cajas y maletas por doquier (esta vez no me pareció ver ningún animal, aunque tampoco me fijé mucho desde mi puesto al frente), me tuve que sentar tras el copiloto, sobre dos maletas, donde plegaron un asiento salido de no sé donde. Apenas había espacio entre el asiento de delante y el mío, tampoco había espacio bajo mi trasero por las maletas, teniendo que mantener los pies alzados, a lo que hay que sumar el amigo del ‘cobrador’, muy simpático, que como viajaba de gorra ocupaba un lugar junto al mío, peor incluso al mío, donde nuestras piernas colisionaban al ir éste mirando hacia atrás.

Sin embargo, no crean que esta descripción es la peor imaginable, pues como se trataba de un trayecto de largo recorrido, la compasión con el viajero, aunque mínima, existe. En los trayectos cortos, en las famosas ‘chapas’ (furgo-taxis), el caos es total. Pero bueno, dejaremos mi ‘ensayo sobre la chapa’ para otro momento. Eso sí, no crean que estoy enfadado, qué va. Exceptuando casos extremos, que relataré en dicho ensayo, lo surreal y bizarro de la situación me han proporcionado más momentos de risa e incredulidad que otra cosa.

Pues eso, que llegué a Chimoio, ciudad más importante de la provincia de Manica, y de ahí me cogí una chapa hasta Manica ciudad, a donde llegué tras una hora de trayecto. Manica… También mi cerveza mozambiqueña favorita se llama Manica: rubia, ácida, semejante a la Heineken.

Parque en el centro de Manica / Moncho Torres

MANICA

Manica es una ciudad pequeña, bastante. Aquel día, de tanto callajearla de un lado para el otro, me preguntó un hombre desde su puesto a pie de calle si buscaba algo, si estaba perdido, pues no sabía cuántas veces me había visto pasar. La ciudad, eso sí, tiene su encanto. Situada en una colina, sus continuas calles sanfranciscanas, de subidas y bajadas, parecen prolongarla, al no ver fácilmente el final de la vía. Además, se podría decir, sorprendentemente, que la ciudad se halla limpia, exceptuando un montoncito de basura por aquí y otro por allá. Después, el trato a los edificios históricos es remarcable, en un contexto en el que, en la mayoría de los casos, la única pintura que se suele ver es la de las compañías de telefonía móvil, que cubren el país con su publicidad. Son dos colores, el amarillo (Mcell) y azul oscuro (Vodacom), los que restauran en Mozambique la ya gastada mano de pintura dada por los portugueses hace, como mínimo, 30 años. Y en Manica eran esas edificaciones de estilo portugués, sobre todo, las que mejor aspecto tenían: el ayuntamiento, el club Manica, edificios gubernamentales.

Antes, cómo no, me había instalado. Mi primera opción fue la pensión-restaurante Flamingo, pues mi guía de viajes decía que era “sencillo y correcto”. Me acompañó hasta allí un taxista zimbabuano, que me hizo recuperar el inglés, al no conocer éste ni palabra de la lengua portuguesa. Eso sí, fuimos andando, pues como me imaginé que estaría al lado, me opuse a pagarle una carrera por recorrer un par de calles (los taxis en Mozambique, al tratarse de un lujo, son extremadamente caros). Yendo a pie, me dejó el reembolso a voluntad. Sin embargo, el Flamingo, aunque agradable, no era tan económico como esa ‘sencillez’ parecía indicar. “1.100 Mt (unos 23 euros) por habitación”, me dijo un anciano portugués. Y al responderle que era muy caro, me recomendó seguir calle abajo, que encontraría otro más económico. Y eso hice, y encontré la pensión São Cristóvão, también en mi guía: “Más rudimentario que los anteriores, justo para dormir”. Se trataba de un edificio de apartamentos, donde cada uno de las habitaciones de esos apartamentos era una habitación (incluida la cocina, donde habían instalado una cama: el aprovechamiento del espacio). Me atendió una señora, que me dijo que había habitaciones de 600 a 800 Mt. Le pedí una de 600 y, por 12 euros, ya tenía un lugar para dormir: cama de matrimonio, terraza, puerta ‘estilo ascensor’ (con cristal en el medio)… No necesitaba nada más.

Lo primero que hice fue dirigirme a un restaurante próximo, que había visto al pasar, y comer. Por 215 Mt (4.50 euros) me tomé una deliciosa mitad de pollo a la brasa con patatas fritas y una cerveza. Un almuerzo sólo ‘interrumpido’ por un pequeño Lazarillo de Tormes y el ciego anciano al que ayudaba, que entraron a pedir limosna. Ese plato ya no sabía igual tras ver que ese niño, más que pedir dinero, lo que hizo fue admirar mi plato, en toda su grandeza y, después, marcharse. Lo siguió admirando incluso inmediatamente después, al pasar frente a la ventana. No sabe igual, aun entregando una moneda. Manica, ciudad plagada de lazarillos, niños de la calle, ancianos, mendigos – alcohólicos… Sin embargo, aunque pueda parecer todo lo contrario, eso no da a la ciudad un aspecto decadente, sino que se han adaptado tan bien a la misma que parecen algo normal, como las farolas o los árboles. En una ocasión, mientras tomaba una coca-cola en un bar, entraron, contados, 3 lazarillos y 2 borrachos – mendigos a pedir. Me pregunté, más que como la gente local podía soportarlo, cómo ellos se podían sacar alguna moneda ante una población que debería estar más que inmunizada frente a ellos. Pero claro, luego me di cuenta de que nos hallamos en Manica, ciudad fronteriza, de paso, donde la gente nunca es la misma.

La Iglesia y su sorpresa / Moncho Torres

En todo mi paseo, lo que más me impresionó fue la visita a una iglesia, iglesia que ya había descubierto al llegar, pues se encuentra situada en un alto presidiendo la ciudad. Pregunté al guardia de seguridad de un banco cómo llegar, sobre todo, para ver si me daba vía libre o me recomendaba no ir, por encontrarse en una zona deprimida. Me dio las indicaciones, sin más, lo que era una buena señal, con un “siga recto y gire a la izquierda”. Me parecieron un poco escuetas las señalizaciones, mas a los poco metros comprendí que no, pues girando a la izquierda, como me había dicho, se distinguía un camino zigzagueante que descendía, hasta llegar a un arco y unas escaleras, que marcaba el inicio de un pronunciado ascenso hasta la cima, donde se encontraba la iglesia.

Camino a la iglesia / Moncho Torres

A ambos lados de las escaleras se describía, en pequeñas construcciones en forma de santuario, el via crucis con un Jesús negro. Me impactó sobre todo una de las pinturas, en la que se describía a Jesús, portando la cruz, mientras padecía los latigazos de los romanos. Aunque todos negros, maltratado y maltratadores, me pareció más una imagen de la época colonial o del sur estadounidense, mostrando en toda su crudeza la esclavitud.

Latigazos / Moncho Torres

En la cima, al concluir las escaleras, un montón de niños. Pensé, al verlos, que se trataba de una excursión y que venían a ver la iglesia, de estilo portugués. Un hombre, trajeado (mas un traje de mala calidad, barato, de otro tiempo), se me acercó. Habló en inglés. Le dije que no se preocupara, que hablaba el portugués (para mucha gente aquí todo blanco habla inglés), pero entonces fue él el que me dijo que desconocía el portugués, que era zimbabuano. “Al igual que todos estos niños, soy su profesor”, me contó. Iluso de mí, pensé que estaba confirmando mi teoría, que como yo de niño cuando iba de excursión con el colegio a Portugal, ellos estaban haciendo lo propio en Mozambique. Luego prosiguió: “Estábamos en clase, ¿quieres conocer nuestra escuela?”. Le seguí, pensando no haberle comprendido bien.

Nueva vida para una iglesia abandonada / Moncho Torres

Entramos por la puerta de la sacristía. De golpe, me encontré con el púlpito lleno de libros y a una mujer explicando algo a unos críos que se hallaban a su alrededor. En las paredes de la iglesia, totalmente abandonada, lecciones a recordar escritas en cartulina. Los bancos los estaban recogiendo “para evitar los robos nocturnos”, me informó el profesor. Las vidrieras, hechas añicos, iluminaban los encerados repletos de letras. El profesor me llevó a la zona del coro, subimos. La escalera, de madera, parecía que se fuera a desplomar en cualquier momento: “Aquí tenemos otra aula”, comentó. Y en el trastero, junto al coro, otra.

Desde lo alto, el aspecto proporcionaba una imagen renovada de lo que hasta entonces había visto en una iglesia. De ancianos creyentes de fe, se había pasado a decenas de jóvenes ansiosos de ciencia y letras. Del silencio y el respeto, a las risas de unos críos que debían estudiar allí, porque, como explicó el profesor: “Se trata de hijos de emigrantes zimbabuanos. Como sólo hablan inglés, no pueden estudiar en las escuelas mozambiqueñas y, como estamos en Mozambique, el Gobierno de Zimbabue dice que no nos ayuda, que regresemos a nuestro país si queremos recibirla. Por eso estamos aquí. El lugar nos lo ha prestado la Iglesia Católica. Sin embargo, no recibimos ayuda de nadie, los profesores somos voluntarios, y vivimos de donaciones, con lo que difícilmente obtenemos lo necesario para poder dar las aulas con normalidad”.

 

Desde las alturas / Moncho Torres

Salimos de la iglesia y me pidió que lo siguiese, pues deseaba enseñarme dónde dormía, en una habitación alquilada justo al lado. “El alquiler me lo pagan los religiosos”, dijo. Para dormir, dos cartones: “No tengo dinero para un colchón”, me explicó. Los niños entraban y salían del cuarto, donde iban colocando los bolígrafos, libros, y algunos bancos. La habitación fue pasando de pequeña a ínfima con tanto trasto dentro.

El profesor y su cama de cartón / M. Torres

Regresamos a la iglesia. Los niños se encontraban muy excitados con las fotos, más aún al mostrarles su imagen en la pantallita de la cámara. El profesor puso orden y les pidió que cantasen una canción para mí. Después, habló con ellos, en una mezcla de inglés y lengua local zimbabuense, explicándoles que no se confundiesen, que yo no era la persona a la que estaban esperando (alguien que iba a presenciar las condiciones en las que están) y que ésta llegaría al día siguiente.

Nos despedimos. En mi descenso por las escaleras seguí sacando algunas fotos, que los enloqueció de alegría una vez más. Unos pocos me acompañaron. Pregunté al más espabilado, que iba al frente, cuánto tiempo llevaba en el país y cómo no había aprendido aún el portugués. Llevaba poco, un año. Me explicó que su padre era mozambiqueño y su madre zimbabuana. “¿Y no hablas con tu padre en portugués?”, le pregunté. “No, el murió”, respondió. Ah, vale, y seguimos hablando.

De la pesadilla al sueño, crianças en el Lar São Jerónimo (Parte 2)

Segunda parte del reportaje sobre el Lar São Jerónimo publicado en el Diario de Moçambique y escrito por nuestro voluntario gallego Moncho Torres

O caminho do Matadouro, donde recordemos se encuentra situado el Lar São Jerónimo, es una zona muy tranquila, sin aglomeraciones, donde la gente trabaja principalmente en la machamba. Un lugar ideal para que estos jóvenes crezcan en un ambiente sano, respetuoso, alejados de la efervescencia de la ciudad de Beira. Porque, como me decía Fernando: “La calle es peligrosa, aprendes malas maneras, bandidaje”.

Los cuatro locales donde se alojan los huérfanos del Lar / Moncho Torres

El pasado de los huérfanos acogidos en el Lar São Jerónimo resulta siempre dramático: muerte de los padres, malos tratos, vida en la calle. Entrevisté a todos ellos y sus historias, criança tras criança, me fueron golpeando cada vez con más fuerza:

“Mi madre comenzó a echar espumo por la boca, luego murió”, me contaba uno de los jóvenes acogidos. Otro, me dijo: “Mi madre me maltrataba”, mientras me mostraba las marcas que tiene en la cara y los brazos. Al descubrir uno de sus tíos lo que le sucedía, éste se lo llevó a vivir con él y su esposa. Sin embargo, cuando el joven tenía 11 años, su tío falleció y la mujer de éste se fue, dejándolo solo en casa: “Durante unos meses me alimenté de los restos de comida que había por casa y los alrededores, hasta que en la escuela mi profesora se enteró y avisó a la policía”.

En una de las entrevistas, el silencio lo invadió todo. Fue el caso de Marta. Marta es tímida, callada, le gusta estar siempre en un segundo plano. Con su continuo: “No recuerdo”, la verdad no traspasó sus labios. Sin embargo, sus “no recuerdo” los pronunciaba de maneras diferentes. Mientras al preguntarle sobre la vida con su madre antes de que esta muriera afirmó, mirándome a los ojos, no recordar nada; cuando me habló del período posterior, mucho más reciente, que pasó con su hermano, el “no recuerdo” lo pronunció mirando hacia otro lado, agachando la cabeza. Insistí, diciéndole que hacía poco tiempo de aquello, que no podía haberlo olvidado. “No recuerdo”, repitió.

Caterina, cuidadora de las niñas durante el fin de semana / Moncho Torres

Aventureros

Me parece admirable el valor que muchos de estos jóvenes tuvieron, cuando apenas levantaban unos palmos del suelo, para emprender viajes largos, peligrosos, en busca de una vida mejor.

Roberto y Bras, cuando tenían 11 y 10 años respectivamente, huyeron desde Chimoio hacia Beira juntos, como amigos que eran, en busca de lo que ellos pensaban un lugar repleto de oportunidades. “En casa sufríamos mucho –comentan-. No había para comer y tampoco íbamos a la escuela”. Entonces, lo primero que hicieron fue trabajar un tiempo en Chimoio cargando todo tipo de productos. Con el dinero que consiguieron, 150 mt, compraron un billete de chapa y se fueron hasta Gondola. Desde allí, caminaron hasta Inchope, donde los encontró la policía, por lo que durmieron una noche en la comisaría. Después, desde Inchope, haciendo autostop, llegaron a Beira. En Beira comenzaron a vivir en la calle (pedían dinero para comer, dormían en los paseos con otros niños para protegerse) hasta que los encontró Acción Social y los llevó a otro centro antes de llegar al Lar São Jerónimo.

Sobre la vida en otros orfanatos, muchos de los niños recuerdan especialmente uno, al que no nombraré. Sin excepción, hablan de aquella experiencia como una pesadilla. Los motivos, varios: ‘ley de la jungla’, un sálvese quien pueda que suponía, sobre todo, el maltrato de los mayores hacia los más pequeños, además de la falta de comida, la falta de libertad al hallarse en un régimen de total reclusión, etc. Los árboles del centro, repletos de fruta, mitigaban un poco el hambre. Muchos de los niños escapaban del centro para conseguir comida en el exterior. Cuando eran descubiertos, los responsables del centro optaban por el castigo severo o expulsarlos. Debido a las pésimas condiciones que reunía, el centro fue cerrado en diciembre de 2009.

Cuando hablan sobre el Lar São Jerónimo, sin embargo, todo cambia. De la apatía y la tristeza pasan al entusiasmo, a la sonrisa, a un estado de total optimismo. “Aquí son muy buenas personas, puedo estudiar, y los Padres tienen muy buen corazón”, dice uno. “La comida, lo que más me gusta es la comida”, afirma otro relamiéndose. “La brincadeira”, grita un pequeño. “Estos Padres nos ayudan a tener una oportunidad en la vida”, sentencia uno de los mayores.

Artur, educador de las niñas / Moncho Torres

Como resulta más complicado que los pequeños  narren su pasado, les mandé hacer un dibujo sobre cómo recordaban su vida antes de su llegada al Lar y otro en la actualidad. Teresa, una de las niñas, en el dibujo anterior a su llegada dibujó a una mujer, como si ésta estuviera escribiendo, y una casa. Nada más. Preguntada sobre quién era es mujer, me dijo que su madre. En el dibujo tras su llegada dibujó a ella y varios niños del orfanato, sonrientes, cogidos de la mano, con una de las casas del Lar al fondo. Otro niño se dibujó a él mismo, una mujer y una casa. Al preguntarle quién era esa mujer, con un hilo de voz, me dijo: “Mamá”. Hice el mismo pedido a otros pequeños del Lar. Al terminar todos me dieron los dibujos, orgullosos. Teresa me entregó el dibujo que representaba al Lar, con sus amigos, pero me pidió si podía llevarse el otro, el de su madre, con ella.

Alberto, uno de los jóvenes del Lar, quedó muy impresionado, y lo repite con frecuencia, con una metáfora que pronunció el director del centro una noche en el comedor, tras terminar de cenar. Decía algo así como que cada uno de ellos deberían estar atentos y no dejar pasar el tren de la vida. Debían cogerlo en el momento preciso y no bajar de él hasta el final de los días (sobre el fin de los días unos dijeron que era la muerte, el Padre concretó que la vida eterna). Alberto se obsesionó durante unos días con el tren, diciendo una y otra vez: “Los trenes pasan, pero para mí nunca se detienen. Vemos pasar uno tras otro, pero nada”. La vía férrea se halla muy cerca del Lar, con lo que la metáfora se acentuaba cada vez que por ella circulaba el tren, poderoso, con su tra-ca-tra constante. “Míralo, aunque pita nunca se detiene”, sentenciaba indignado.

El Lar São Jerónimo, sin embargo, no se resigna, haciendo todo lo posible para que ese tren se detenga.

De la pesadilla al sueño, crianças en el Lar São Jerónimo (Parte 1)

Esta semana será publicado en el Diario de Moçambique, uno de los periódicos más importantes del país, el presente reportaje escrito por nuestro voluntario Moncho Torres (debido a su extensión saldrá en la web en dos partes)

“Un hombre pidió dinero a mi madre y como mi madre no se lo dio, el hombre comenzó a golpearla. Entonces empezó a salir sangre de la cabeza de mi madre y después murió”. Así comienza la historia de Luis (ningún nombre en este reportaje es real, para proteger la intimidad de los menores), uno de los jóvenes acogidos en el Lar Saõ Jerónimo. Tiene 15 años. Es callado, tímido, escondido siempre bajo una coraza que lo separa del mundo exterior. Luis, después de vivir un tiempo con su abuela, se escapó de casa y empezó a frecuentar la calle. Allí pedía limosna, vendía artículos por unos pocos meticales y dormía en tiendas vacías.  “En la calle comenzó a hincharme la barriga y enfermé –dice-. Entonces me encontró Acción Social y me llevó a un centro y después aquí”, concluye.

África, un continente mágico: repleto de ritmo, bailes, música; de una risa contagiosa,  de crianças, caminos; tierra espiritual, de la liberación, del despertar; donde la naturaleza se manifiesta con toda su fuerza: ríos,  Sol, fauna, selva.  África. Y, sin embargo, cuántas veces se revela el lado más negativo de toda su grandeza: hambrunas, guerras, enfermedades.

Llegué a Mozambique a través de la Congregación religiosa de los Padres Somascos. Los conocía desde hace tiempo, pues había estudiado en uno de sus colegios, y cuando me enteré de que tenían un orfanato en Beira les pedí si me permitirían viajar hasta aquí para colaborar con ellos. Aceptaron encantados. Y así fue como llegué, a comienzos de agosto, al Lar São Jerónimo en Inhamizua.

Niños en el Lar São Jerónimo / Moncho Torres

El Lar São Jerónimo, en funcionamiento desde 2008, acoge en estos momentos a 49 huérfanos (37 niños y 12 niñas). Toda la actividad, la energía que invade el centro con los juegos de los pequeños, resulta hipnótica, revitalizante, contagiosa. El orfanato, en un terreno de 20.000 m2 en la zona de Matadouro, se halla conformado por varias casas individuales (donde los niños se encuentran alojados por edades y las niñas están juntas), y comedor, salón multiusos, residencia de los Padres. Además, el deseo de abarcar todo lo relacionado con la infancia ha propiciado la existencia en el mismo lugar de aulas de alfabetización (tanto de jóvenes como adultos) y panadería,  agropecuaria y sastrería, con el fin de abastecer al centro y crear unos ingresos que les ayuden a ser autosuficientes. Y, como proyecto más inmediato, entrará pronto en funcionamiento el Centro de Formación Profesional Emiliani, donde se impartirán talleres de carpintería, confección, albañilería, mecánica, fontanería… En vistas a labrar un porvenir para estos y otros jóvenes en situación precaria.

“¿Tienes madre? ¿Y padre?”, solían preguntarme los más pequeños al poco tiempo de mi llegada. Para ellos, uno respuesta afirmativa suponía un hecho extraño, sorprendente, como si hubiera  dicho que había viajado en nave espacial y paseado por la Luna. De donde vengo, en España, la orfandad es la excepción. Aquí en Mozambique, sin embargo, según datos oficiales proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística, no lo es tanto. Enfermedades como la malaria, tuberculosis y sobre todo el VIH – SIDA, agravan una situación ya de por sí precaria. Con una población de 20 millones de personas (el 42,7% menor de 14 años), el número de huérfanos en Mozambique cuyos padres murieron a causa del SIDA es de 557.000 (del total de algo más de 1.800.000 huérfanos que tiene el país, por lo que cerca del 20% de la infancia mozambiqueña es huérfana).

El almuerzo, a las 12, en el comedor del Lar / Moncho Torres

Horacio fue uno de los primeros jóvenes en ser acogidos en el Lar São Jerónimo. Es fuerte, responsable, y dice sentir una gran deuda con sus hermanos al estar disfrutando de la oportunidad de estudiar, de formarse, de ser alguien en la vida. Horacio es de Quelimane y tenía 7 años cuando, al morir su madre, llegó a la ciudad de Beira con sus tres hermanos. El mayor, a los 19 años, adquirió la responsabilidad de padre con los más pequeños. Trabajaban en lo que podían, pues como no tenían documentos, encontrar un lugar donde ganar un salario digno resultaba complicado: mientras los mayores trabajaban como peones de obra (700 Mt a la semana, unos 15 €), lo que les daba para ropa y comida, Horacio sacaba algún dinerillo vigilando coches en la Plaza del Municipio (donde le daban entre 10 y 15 Mt por coche, sobre 3 céntimos de euro). Dice que dormían en paseos, tiendas vacías, terrazas. “Dormía sobre cemento, con sacos. No te puedo mentir, así es como dormía”, me explica resignado.

Un día Horacio pidió dinero a dos Padres Somascos y éstos le explicaron que tenían intención de abrir un centro para menores. Entonces, como se mostró receptivo, los Padres enviaron a Acción Social a hablar con él.

El Lar São Jerónimo y Acción Social trabajan en concierto. Los Padres realizan el seguimiento de muchos de los niños de la calle y son ellos los que recomiendan a Acción Social que estudie el caso de alguno para su libre internamiento en el centro (por sorprendente que parezca, no son pocos los que rechazan la ayuda al haberse acostumbrado a la vida en la calle). En otras ocasiones, es la propia Acción Social la que envía al Lar São Jerónimo a los nuevos jóvenes. La prioridad es la búsqueda de la reinserción familiar.

En una ocasión, Horacio y otro joven del Lar me llevaron a la Baixa a conocer los lugares que habían frecuentado cuando vivían en la calle. Al primer lugar que me llevaron fue a la Praza do Municipio. Allí, como me habían explicado, era el lugar donde trataban de conseguir unas monedas vigilando o lavando coches, pidiendo limosna.

P. Joaquín y P. Pedro en el mercado de Beira con niños de la calle / Moncho Torres

Al llegar nos encontramos a varios conocidos suyos. “¿Ves a ese? Sólo tiene 20 años y mira como está”, me dijo Horacio. Sentado en un banco, inmóvil, bajo la sombra de un arbusto, se encontraba ese antiguo compañero al que la vida en la calle lo había aniquilado por completo: desaliñado, con barba, ojos vidriosos, apenas podía articular palabra. “Le gusta mucho beber”, me dijeron. También apareció otro joven, mucho más activo, descalzo. Pidió unas sandalias a Horacio porque las suyas se las habían robado mientras dormía. Horacio le dijo que lo sentía, pero que no tenía. Luego me dijeron: “Mira, está vigilando un coche y ahora acaban de llegar los dueños. Mira cómo le pagan”.

Lavando ropa (del voluntario Moncho Torres)

Llevo más de un mes en el Lar y hoy, por primera vez, he ido a lavar mi ropa. Nadie me ha obligado, podría haberlo hecho Dona Marta (una de las señoras que tienen trabajando en el centro y que realiza todo tipo de labores: desde lavar la ropa y limpiar, a ayudar en la cocina), pero como nunca sabes cuándo te será retornada debido al mucho trabajo que tienen (mi experiencia anterior fue la de tener que subsistir casi una semana con dos calzoncillos y dos pares de calcetines…), he preferido adelantarme. Pues eso, que me puse de lleno en el ‘fregao’, como hacían antes nuestros abuelos, con un caldero de agua y detergente de lavar a mano, a frotar y frotar. O no tan antes… Aún recuerdo en Segade, la pequeña aldea de la que procedo en Caldas de Reis (Pontevedra), cómo las mujeres iban todos los días a lavar la ropa al río, arrodilladas, frotando y refrotando en una piedra lisa colocada para ello.

Dona Marta y Dona Teresa, con la colada / Moncho Torres

El caso es que, al comenzar a lavar, uno de los niños, de 12 años, se me acercó un poco sorprendido. Le resultó extraño ver cómo lavaba yo mismo la ropa, realizando una labor destinada a los más jóvenes y a las mujeres. Superado el susto, me ofreció ayuda. Acepté encantado. Y así, como dos marujonas,  nos pasamos una hora de cháchara.

Hablamos un poco de todo. Primero de los estudios. Me dijo que iba en 7ª clase (7º de EGB, aún no me entero con lo de la ESO) y que le gustaba mucho estudiar. Según él,  solía sacar muy buenas notas. Sobre su preferencia entre letras o números, indiferente: “Me gustan las dos”. “¿Y qué quieres ser de mayor?”. “Doctor”, me respondió. Luego hubo preguntas sobre la duración de los estudios de Medicina. Al decirle que son unos 6 años de estudios, me dijo: “Eso está chupado”.

Angelina, una de las niñas del Lar, lavando / Moncho Torres

Después, hubo un rato de intercambio de castellano – portugués. “¿Qué es coche?” (palabra escuchada a los Padres del Lar). “Carro”, respondo. “¿Y esto?”, le pregunto señalando mi rodilla. “Joelho”. “Y comboio es tren”, me dice recordando una conversación anterior. “¿Y has subido alguna vez al tren?”, le pregunto. Y me responde que sí, que a visitar un pueblo a una hora de distancia, de excursión. “¿Y fuiste solo?”. “No, con mi madre.” Y se calló un momento, frotando con esmero una de mis camisetas. No supe si preguntar más, pero no sabía si, en su caso, internarlo en el centro había sido por muerte de los padres o por abandono.

– ¿Y dónde está ahora tu madre? ¿Está bien?

– No.

– ¿Enfermó?

– Sí.

Desconozco cuál fue el motivo, no insistí. Causas de muerte por enfermedad, en Mozambique, son muchas: malaria, tuberculosis y, sobre todo, el VIH-SIDA.

Lazos rojos recuerdan por doquier que nadie puede bajar la guardia frente al SIDA / M. Torres

En otra ocasión, este niño me había enseñado un examen de inglés (puntuación: 19 sobre 20). Cuál fue mi sorpresa al ver el uso que hacían de la problemática del VIH, como tema de fondo en las preguntas del examen, para concienciar al alumnado. Por ejemplo, debiendo indicar verdadero o falso, decían:

  • Cuando abrazas a un niño enfermo de VIH-SIDA te contagias.
  • Quien tiene muchos novios y novias tiene menos posibilidades de contraer el VIH-SIDA.
  • No se puede tocar la sangre de un infectado de VIH-SIDA.

Por cierto, mientras escribo, escucho el pitido de un tren al pasar. La vía se encuentra muy cerca y, por la noche, se puede ver cómo ilumina con poderío el camino a su paso.

João, lustrando sus zapatillas / Moncho Torres

Regresó a España, tema exótico y de mucho interés: “¿Y se podría ir en coche hasta España?”. “¿Desde aquí?”, pregunto. “Sí”. “Pues como poder, poder, sí se podría, aunque se tardaría mucho tiempo”. “¿Una semana?”. “No, unos 5 meses”. “¿Cuánto!”. No cabía en su cabeza que para ir a un lugar pudiese necesitarse tanto tiempo. “¿Pero no está en el norte de África?”. “Sí”. “¿Y para ir al norte de África se tarda tanto tiempo?”. “Es que África es muy grande”.  “¿Y en avión?”. “Un día”. “¿Y cuánta cuesta?”. “Mucho”.

Manuele, uno de los jóvenes del Lar, que se ha convertido en el nuevo jardinero / Moncho Torres

Silencio. Pregunto si en noviembre hará mucho calor. “No, no tanto”. “¿Y la lluvia, cuando llegará?”. “En octubre”, me dice, y se le ilumina el rosto. “¿Y en España llega la Navidad?”. “Sí, en diciembre, y hace mucho frío y nieva”. “¿Y os dan regalos?”. “Sí, nos los traen los Reyes Magos”.  “Ya sé, nos los dijo el Padre Pedro. A nosotros no nos llegan, si quieres un regalo hay que ir a comprarlo a la Baixa (centro de Beira)”. “¿Y por qué no llegan los Reyes Magos a Mozambique?”. “Padre nos dijo que estamos muy lejos, y que no les da tiempo a llegar hasta aquí”. “Claro, porque ellos van en, ¿cómo se dice en portugués? ¿Camelo?”. “Sí, camelo. Si vinieran en avión sería diferente”.

Mural de los Reyes Magos a su llegada a Belén (Iglesia de Nazaret, Beira) / Moncho Torres